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La Coctelera

THE PASKIN, UN DIARIO DELIRANTE Y DE MALA LECHE

PARA PONERNOS DE RODILLA NOS TIENEN QUE CORTAR LAS PIERNAS

19 Octubre 2008

CRÓNICAS DE MEDIO SIGLO


EL AÑO QUE ESTUVIMOS EN GUERRA: EL CONFLICTO DEL BEAGLE
Artalex

EL PRÓXIMO mes de diciembre se cumplirán 30 años del momento aquel en que Chile y Argentina estuvieron a escasas horas de una guerra total. No fue esa la única vez que el destino puso frente a frente a dos naciones que comparten una frontera de miles de kilómetros cordilleranos y extensas millas marítimas. Pero en 1978 la locura fratricida estuvo más próxima que nunca antes.

Ambos países, en otras épocas, habían experimentado situaciones de tensa discordia, pero siempre logró imponerse la racionalidad y la paz, aunque con costos no desdeñables, especialmente para Chile ya que nuestros vecinos pretendían alcanzar un “destino bioceánico”, según lo anunciara Domingo Faustino Sarmiento, nuestro principal adversario en el siglo diecinueve. A lo largo de ciento ochenta años, hubo escaramuzas diplomáticas, e incluso algunas militarizadas que alcanzaron el grado de enfrentamiento, como ocurrió en la Laguna del Desierto y en el islote Snipe. El 21 de diciembre de 1978, solamente dos horas y media, es decir, ciento cincuenta minutos, separaron a chilenos y argentinos de una masacre.

Nuestro país ocupaba oficialmente, desde el año 1915, las islas Lennox, Picton y Nueva ubicadas en la boca sureste del Canal Beagle, en la zona austral. A comienzos de la década de 1970, Buenos Aires las reclamó como propias, a pesar de la existencia de múltiples cartas geográficas y documentos oficiales (algunos provenientes de la época colonial, e incluso anterior a ella, cuando los pilotos marinos del entonces imperio español recorrieron esas latitudes para anexarlas al ‘Reyno de Chile’) que certificaban absolutamente el dominio y soberanía chilena de aquellos lugares. Se recurrió entonces al arbitraje internacional, siendo la Corona Inglesa el tribunal escogido y aceptado por las dos naciones sudamericanas.

En el mes de mayo de 1977, Londres evacuó el Laudo Arbitral que confirmó la soberanía chilena en las islas y en el propio Canal Beagle. Buenos Aires, enfurecido, declaró el Laudo ‘insanablemente nulo’ y comenzó a implementar la ‘Operación Soberanía’. Las sombras de la guerra se dejaron caer sobre la zona sur de América, y ese evento fue aprovechado por los gobiernos de Perú y Bolivia, quienes pretendían celebrar bélicamente el centenario de la Guerra del Pacífico, movilizando tropas y maquinarias a la frontera con Chile, en un indisimulado intento por recuperar Tarapacá y Antofagasta, provincias que Lima y La Paz perdieron en el conflicto de 1879.

Los cuatro países contaban con gobiernos de facto, militares, dictaduras a todo dar. Los cuatro países tenían serias dificultades internas y enfrentaban una creciente oposición emanada de grupos locales dispuestos a recuperar la democracia. Pero, quien tenía la peor situación era, sin duda, Chile, pues la Enmienda Kennedy le significaba a Santiago no poder adquirir armamentos en Estados Unidos ni en ninguna de las naciones aliadas de Washington. Por razones obvias, tampoco podía conseguir armas en los países de la órbita soviética mientras Pinochet y la derecha ultramontana siguieran al mando del gobierno.

La rama más perjudicada era la FACH, cuyos aviones, amén de escasos, resultaban viejos e inoperantes frente a la potencia aérea argentina. Buenos Aires centraba su esperanza de triunfo en guarismos muy favorables, como por ejemplo contar con cinco tanques por cada tanque chileno y movilizar 250.000 soldados a la zona austral, los que serían recibidos por 80.000 soldados chilenos. Tres contra uno, así de claro. Sólo en las flotas navales de ambos países existía cierto equilibrio de fuerzas.

LOS PLANES ARGENTINOS

Esos planes tenían un nombre: Operativo Soberanía, que en principio había quedado sin fecha en la cual tendría lugar.

El plan comenzaría con una operación de intrusión con 24 o 36 horas de antelación, con tropas especiales de la infantería de marina en los islotes Freycinet, Herschel, Wallaston, Deceyt y Hornos, eliminando toda resistencia. La ocupación sería precedida por una denuncia ante el Consejo de Seguridad de la ONU, informando el emplazamiento de destacamentos militares en dichas islas, acompañados de artillería.

No se esperaba una reacción chilena inmediata pero en caso de haberla sería la Flota del Mar (FLOMAR) quien se encargaría de ella. Esta se encontraba dividida en dos grupos, uno situado cerca del Beagle y otro en la entrada del Estrecho de Magallanes. Una vez ocupadas ambas zonas, la tarea del GT1 (Grupo de Tareas Nº 1) era protegerlas; los Mirage (Dagger, su versión israelí) y los Skyhawk bombardearían Punta Arenas y Puerto Williams, además de rutas, caminos y puentes y otros objetivos relacionados con el transporte y abastecimiento de Magallanes. Para esas horas y las posteriores se esperaba la reacción de la Flota Chilena y enfrentamientos aeronavales en el Estrecho y en el Beagle.

El Ejército argentino cruzaría la zona de la Patagonia en cuatro puntos distintos, en las zonas de Chubut y Santa Cruz, mientras la Fuerza Aérea trasandina atacaría en masa las instalaciones chilenas. Y luego la guerra se desarrollaría a lo largo de toda la frontera, especialmente en la zona de Mendoza y Jujuy. Otro ataque con el fin de cortar Chile en dos se llevaría a cabo en la zona del paso Puyehue, en la provincia de Osorno, frente a Neuquén. La tesis dominante entre los argentinos era que Chile sólo haría una defensa simbólica, pidiendo la intervención de los organismos internacionales, como el TIAR, ONU y OEA.

Los generales trasandinos tenían la convicción absoluta de triunfar rápidamente debido a su mejor implementación bélica, pero la duda que surcaba sus mentes se relacionaba con la improbable capacidad para sustentar posiciones conquistadas. Temían a la respuesta tipo guerrilla de la población chilena y, en especial, a que algunos ‘comandos’ pasaran a territorio argentino para provocar graves estragos en la población civil, lo que les habría significado ordenar a sus propias tropas el pronto regreso al otro lado de la frontera.

PREPARATIVOS CHILENOS

Pese a que los dictadores Pinochet y Videla se reunieron dos veces, en el mes de enero de 1978, en Plumerillo (Mendoza) y Tepual (Puerto Montt), pero sin resultados positivos, el ataque de las fuerzas argentinas era sólo cosa de tiempo, y los servicios de inteligencia de Chile presumían que la invasión se llevaría a cabo en noviembre del mismo año.

Sabedor de su inferioridad bélica y de los graves problemas internos que se dejarían caer sobre su gobierno, Pinochet había decidido evitar la guerra solucionando el conflicto por la vía diplomática. No obstante, la amenaza argentina anunciaba concretarse en una incursión relámpago para apoderarse de puntos estratégicos australes, como Punta Arenas y el estrecho de Magallanes, o cortar Chile en dos mediante la invasión a Osorno a través del paso Puyehue, mientras la fuerza aérea argentina bombardeaba Santiago y Valparaíso.

Chile respondería al ataque con tres movimientos al unísono: cruce de la Cordillera con objetivo la ciudad de Río Gallegos, un ataque al sur de Chubut en la zona del Río Mayo, y una invasión de la zona norte de Argentina (¿Jujuy?). Pero antes era necesario detener al enemigo evitando que este lograra asentarse en territorio chileno en las primeras 72 horas.

Quince mil soldados chilenos fueron movilizados para defender Puerto Natales, Tierra del Fuego y Punta Arenas. En la Isla Grande de Tierra del Fuego había cinco mil hombres, estaban integrados estos contingentes por tres regimientos de infantería, uno de artillería y la Escuela de Suboficiales. Sus instrucciones eran ocupar la ciudad de Río Grande apenas se iniciaran las acciones de armas.

En la zona de Coyhaique, el uso del Cuerpo Militar del Trabajo dejaba una forma de infiltración de tropas cubierta por una idea ajena a lo militar, que alcanzaba a los diez mil hombres dispuestos a pasar al otro lado de la frontera para efectuar incursiones estilo ‘guerrilla’ en pueblos y localidades argentinas.

Fondeada en los canales australes donde las naves argentinas jamás podrían maniobrar porque desconocían completamente la intrincada geografía, la escuadra esperaba su turno para rechazar la invasión. A esto cabe repetir lo que escribiera el periodista Luis Alfonso Tapia: “”Si bien el fondeadero de las torpederas Guacolda, Fresia, Tegualda y Quidora, era Puerto Williams, nunca se encontraban allí… estaban estratégicamente ubicadas en algún lugar…entre el área de Navarino y Cabo de Hornos y de océano a océano… su andar (de 30 nudos) les permitía cambiar de fondeaderos, especialmente en las noches, sin que nadie pudiera detectarlas.””

Chile movilizó todos los medios humanos a su alcance en ese momento, paracaidistas deportivos entrenados para combate, pescadores de la Patagonia como espías, radioaficionados para las comunicaciones, corredores de motocross entrenados para servir de cazatanques con cohetes LAW. Mientras LAN y LADECO, durante esos tensos meses, trasladaban tropas para el sur en numerosos vuelos nocturnos.

En la zona central, a la posible invasión argentina le aguardaba la 2ª División de Ejército para resistirle, esperando darle una lucha frontal y ‘sin prisioneros’. La planeación chilena era defensiva para rechazar la invasión pero no para invadir a los argentinos, al menos no al principio, sino que, una vez rechazados, entonces contraatacar. Las órdenes de Pinochet eran de ‘guerra total’, arrasar la mayor extensión de territorio argentino, ejecutar acciones de sabotaje y sembrar el pánico en el enemigo, lo que implicaba en todo caso acciones contra la población civil (como por ejemplo, envenenar las fuentes de agua dulce y provocar dantescos incendios en pueblos y ciudades).

LOS PROBLEMAS DE LOS CONTENDORES

Los servicios argentinos de inteligencia mostraban honda preocupación por la significativa cantidad de chilenos que vivían en la zona austral de ese país (aproximadamente, 80.000), y era asunto sabido, pero no comprobado, que muchos de ellos estaban recibiendo clandestina y secretamente –desde hacía meses- a algunos agentes militares llegados desde Puerto Montt y Valdivia, cuyo objetivo o ‘misión’ era ejecutar en el territorio enemigo un saga de atentados y ataques tipo comando a los puestos de policía y, especialmente, a las redes de comunicación y a las bodegas de almacenamiento de alimentos para la población civil.

Pero, por el lado de Pinochet y sus generales el temor era aún mayor. No sólo por la guerra que se avecinaba, o porque Perú mostraba sus dientes en la frontera norte, sino también porque se daba por hecho que estallaría un sinnúmero de eventos internos destinados a derribar el régimen tiránico. En ese momento ya se conocían los graves atentados a los derechos humanos, los asesinatos de civiles inocentes y la ejecución sangrienta del ‘Plan Cóndor’, hechos todos cometidos por la dictadura a través de sus agentes del estado (léase: DINA, CNI, militares, carabineros).

Era tan cierto el temor de los uniformados chilenos ante una revuelta interna generalizada, que algunos altos oficiales de ejército sostuvieron conversaciones urgentes con Hernán Cubillos (a la sazón, ministro de Relaciones Exteriores), solicitándole “que impidiese la guerra a como diera lugar, incluso entregando a Argentina una o dos de ‘’esas inútiles islitas’’, porque de lo contrario era un hecho cierto que Chile se transformaría en el Líbano de Sudamérica, y ellos (la oficialidad mayor de las Fuerzas Armadas), no tenían capacidad operativa ni bélica para responder a tantos frentes enemigos”.

EL DÍA D Y LA HORA H

El 19 de diciembre de 1978 la guerra anunció su llegada extendiendo sus alas sombrías. La flota argentina abandona su fondeadero en Ushuaia, tomando rumbo hacia el Canal Beagle para intentar el desembarco, a sangre y fuego, en Picton, Lennox y Nueva. Sin embargo, las naves quedan atrapadas en medio de un violento temporal de viento y lluvia, con olas de 12 metros de altura y una mar picada que les impide maniobrar tornando imposible aproximarse a las costas isleñas y en extremo peligroso cualquier intento de elevar sus helicópteros.

La flota argentina vira en 180º y regresa a sus fondeaderos, vigilada siempre por la aviación chilena, mientras la armada de Chile continuó navegando en estado de alerta máxima en torno al Canal Beagle y a las islas en disputa, a pesar del mal tiempo. Al enterarse del retiro de la armada adversaria, las naves chilenas enfilan hacia su fondeadero.

El jueves 21 en la noche llegaban a Roma, desde Santiago y Buenos Aires, las respuestas de los cables cifrados para Videla y Pinochet, aceptando la propuesta del Papa como mediador, lo que fue informado al mundo el 22 al mediodía (08 y 07 de la mañana en Buenos Aires y Santiago respectivamente).

A las 18:30 de ese mismo día 21 de diciembre -dos horas y media antes del punto de no retorno-, la junta militar argentina aceptó la mediación Papal luego de una extensa reunión, en la cual el general Videla amenazó renunciar a la Presidencia si se rechazaba la mediación del Vaticano. La posición de Viola (Ejército), Lambruschini (Armada) y Agosti (Aviación), era la contraria: no detener la invasión, más aún si ellos mismos habían presionado a sus hombres para atacar a Chile con la mayor prontitud.

Se adoptó finalmente la tesis de paralizar el ataque tras una ardua discusión, en la que Videla, luego de reiterar sus amenazas de renuncia, se bajó finalmente del caballito de la guerra; luego lo hizo el general Viola, después Agosti y finalmente Lambruschini.

Para estos militares, ‘’el maldito clima’’ había dejado al descubierto su plan de ataque y ahora los chilenos contaban con la información necesaria para poner atajo a cualquier intento invasor, pues el factor sorpresa ya no existía. Además, Argentina no podía darse el lujo de rechazar una mediación que había aceptado, ya que si antes desechó unilateralmente el resultado del laudo arbitral inglés, hacer algo similar con el Vaticano equivalía a quedar aislada del mundo civilizado. Era un jaque mate para Buenos Aires. Nada más podían hacer.

El día 22 en la noche la flota chilena -que había vuelto a sus fondeaderos- zarpó de nuevo rumbo a la zona del Beagle. En la mañana del 23, los servicios de escucha de la flota chilena captan un mensaje desde Buenos Aires que pasa a llamarse de los ‘200 grupos’: la flota argentina se dirigía a Puerto Belgrano, seguida por aviones de la FACH que la vigilaron hasta cerciorarse que esa era su ruta, destino al que las naves trasandinas llegarían en Navidad.

El día 23 de diciembre, el Papa Juan Pablo Segundo anunció la designación del cardenal Antonio Samoré para encabezar la tarea de conciliación y paz, la cual no fue recibida de buen grado por la cúpula militar argentina, pero los dados estaban tirados y ya no podían seguir mostrándose díscolos ante la faz del mundo frente a un Chile dispuesto a aceptar los resultados de la mediación papal, fuesen cuales fuesen.

El resto de la historia es conocida, y la paz impuso sus términos nuevamente. Cuatro años más tarde, Argentina sería derrotada por las fuerzas inglesas en las Malvinas y los militares abandonarían la Casa Rosada. En Chile, no hubo necesidad de perder una guerra para sacar a Pinochet de La Moneda…el pueblo lo hizo, pacífica y finalmente, el 05 de octubre de 1988.

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